Esta noche ha terminado un fin de semana diferente. Inolvidable. De puro aprendizaje. Estuvimos en el Valle del Nansa, llamado así porque por allí circula el río de su mismo nombre. Llegamos y esto fue lo que encontramos:
Puente Pumar nos recibió la tarde del jueves 3 de noviembre con lluvia y mucho frío (en invierno el tiempo suele azotar muy duro aquí). Jorge, el jefe de equipo de coaching asignado para programarnos la actividad, nos puso en grupos al azar con un guía. Para mi grupo, por coincidencia, él fue el guía. Hasta entonces no teníamos idea de lo que se nos venía por delante. Solamente se nos dijo: tendrán que encargarse por equipos de cocinar, limpiar, participar, guiar, liderar, decidir… todas actividades de prueba.
Lo primero era conocer el lugar. El viernes salimos muy temprano (la puntualidad es un rigor) para conocer ciertos pueblos de Polaciones, uno de los municipios del Valle. Nosotros estuvimos alojados en el pueblo Puente Pumar, pero ese día teníamos que conocer Lombraña, Pejanda, Santa Eulalia y Tresabuela y, además, resolver unas cuestiones asignadas para cada pueblo.
Jorge nos enseñó todas las precauciones que debíamos tomar, pero el equipo tenía que hacerlo todo. Había que pensar en la ropa apropiada, la velocidad para llegar, el kilometraje por recorrer, prosiviones de alimentos y de lluvia, la hora, la altura, la lectura del mapa, atajos, caminos y sendas, etc. Aquí la división de roles era por habilidades, aunque eso no se enseña… se descubre.
Con todo bien pensado emprendimos el camino. Los chicos encargados de la lectura del mapa, Martín de Argentina y Sara de Colombia (líderes natos) nos llevaron con acierto a Lombraña. Allí teníamos que averiguar que lo que le faltaba al ayuntamiento era una bandera (símbolo de identificación nacional) y conocer la leyenda de cómo engañaron los pobladores al lobo para que no se coma a las ovejas.
Luego fuimos a Pejanda a averiguar cuáles eran los juegos tradicionales de la zona y entonces Martín y Sara decidieron darme el mapa para conducir al grupo a Santa Eulalia, en donde debíamos descubrir cuántas familias viven allí. En este pueblo no pudimos descubrir el dato porque no había casa habitada. El siguiente y último punto era Tresabuela, en donde encontramos a un par de pobladores que nos dijeron que en Santa Eulalia viven solo tres personas.
“Nos dan una buena cantidad de pesetas por cada cabeza de ganado al año. En euros serían unos 500, pero hay que pensar en todo lo que invertimos para mantenerlo”. Un morador de Tresabuela, soltero y sin hijos (al igual que los otros tres que viven allí, a excepción de María Luisa García, que vive solo con su esposo porque sus hijos ya se han ido a la ciudad) todavía entiende de pesetas. Curioso. Perfectamente comprensible, sobre todo para una persona que ha estado acostumbrada toda su vida a comprar y pagar en pesetas y no en euros.
Camino de regreso a la casa rectoral de la fundación en Puente Pumar. Los restante del día era preparar una presentación por países y luego a dormir. Los peruanos Pedro, Kristell y yo hicimos una muy buena representación nacional contando a nuestros amigos de otros países todas las riquezas del Perú. Luego de esta experiencia me quedó una cosa: todos los chicos mencionamos en común las palabras “diversidad” y “españoles” en alguna parte del discurso. Tenemos un presente y un pasado muy en común en Latinoamérica, un punto a favor de la integración regional.
Pero lo mejor está por venir. A las 4 de la mañana del sábado Jorge levantó a todo el grupo para “ir a encontrar una manada de lobos y ver el amanecer en altura”. ¡A mi grupo lo quiero junto y con todo listo ya. No hay tiempo que perder! Miedo. Nervios. Peligro. Presión. Frío. Reto. Todo pasó por mi mente en un segundo.
Caminar a las 4 de la mañana por un valle a bajas temperaturas era algo que nunca había hecho en mi vida. Cada uno llevaba una linterna en la cabeza para andar por el camino. Más adelante hubo un trecho en el que caminamos con una sola linterna: la del chico de adelante. Prueba de resistencia y fortalecimiento de carácter única. Dicen que en los momentos más extremos se conoce a las personas y nos conocemos a nosotros mismos. El grupo de líderes que andábamos juntos nos demostramos compañerismo, solidaridad, colaboración, resistencia, fortaleza, carácter, criterio. Caminamos seis horas y a las once de la mañana éramos amigos.
A las once teníamos un coach grupal (es increíble ver cómo todo el programa de becas está orientado para hacernos mejores personas en todos los aspectos) para conocer nuestras fortalezas y debilidades y crear compromiso de grupo para ser mejores. Sin descanso luego pasamos a almorzar y luego a más actividades. Esta vez teníamos que hacer una presentación del grupo.
Nosotros nos hicimos llamar Los-T (en inglés, “perdidos”) porque hubo un momento de confusión en el camino. Presentamos un teatro de sombras con lo más representativo de nuestros mejores momentos. Esto fue pura diversión.
Hoy terminó una aventura que nunca pensamos vivir. Que nos hizo crecer. Que nos permitió conocernos. En Polaciones quedan ya unas quince familias (a cálculo personal) entre los pocos pueblos que lo componen. Aquí las actividades principales son la agropecuaria , la agricultura tradicional y la ganadería. El Valle del Nansa tiene un pasado exquisito, muchas historias que contar, costumbres y paisajes bellísimos, un clima inclemente y una esperanza: no ser olvidado.